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viernes, febrero 06, 2009

Lowell ventila su affaire con Boston


Robert Lowell, muerto en 1977, es el maestro de la poesía de carácter autobiográfico.

Technorati Profile

- Robert Lowell ha escrito “maravillosos y terribles poemas”, decía William Carlos Williams al referirse sobre el iniciador de la escuela confecional en los Estados Unidos de Norteamérica.

- El blog Asamblea de palabras posteó un poema central en la relación viciada del poeta con Boston.

1. En junio de 1960, en el Festival de las Artes de Boston, Robert Lowell da lectura a un poema que había compuesto para la ocasión, titulado “For the Union Dead” (Por los muertos de la Unión).

2. “Sus estrofas contienen ya los rasgos más significativos del camino que, a partir de entonces y con muchos altibajos, emprenderá su poesía en los años siguientes, a la vez que cierra simbólicamente su ya viciada relación –poética y vital- con Boston”, dice Amalia Rodríguez Monroy, autora de la edición de ‘Por lo muertos de la Unión y otros poemas”, de Robert Lowell, en Cátedra.

3. “En este brillante poema y complejo poema logra una síntesis fecunda entre el uso poético de sus tormentos personales y la preocupación por aspectos más amplios de ámbito social y político. Pero lo hace de tal manera que son precisamente sus más íntimas obsesiones las que se convierten en metáfora de los males públicos”, agrega.

K.


"Por los muertos de la Unión"

Por Robert Lowell

"Relinquunt Omnia Servare Rem Publicam"

El viejo Acuario del Sur de Boston se yergue
ahora en un Sahara de nieve. Sus ventanas rotas están selladas con tablas.
La veleta que era un bacalao de bronce ha perdido la mitad de sus escamas.
Los airosos tanques están secos.

Tiempo ha, mi nariz se arrastraba como un caracol sobre el cristal;
mi mano ansiaba
romper las burbujas
que flotaban desde las narices de los acoquinados y complacientes peces.

Mi mano se retira. A menudo suspiro aún
por el oscuro abismal y vegetativo reino
del pez y el reptil. Una mañana el pasado marzo,
me apreté contra la nueva espinosa y galvanizada

verja del Boston Common. Tras su jaula,
amarillas, dinosáuricas palas mecánicas gruñían
mientras recogían toneladas de barro y yerba
para excavar su garaje submundano

Los espacios para aparcar florecen como cívicos
montones de arena en el corazón de Boston.
Una faja de vigas naranjas, color calabaza puritana
sujeta la cosquillosa Cámara Legislativa,

que tiembla sobre las excavaciones, mientras da la cara al Coronel Shaw
y su infantería de acampanadas mejillas de Negros
en el tembloroso relieve de la Guerra Civil de St. Gauden,
apuntalado por un entablillado de planchas contra el terremoto del garaje

Dos meses después de marchar a través de Boston,
la mitad del regimiento había muerto;
durante la dedicatoria,
William James casi podía oír respirar a los negros de bronce.

Su monumento se hinca como una espina de pescado
en la garganta de la ciudad.
Su Coronel es tan esbelto
como la aguja de una brújula.

Tiene una iracunda vigilancia como de abadejo,
la suave tensión de un galgo;
parece rechazar el placer con dolor,
y sofocarse por un poco de intimidad.

El está ya más allá de toda atadura. Se regocija en el adorable
y peculiar poder del hombre de elegir la vida y morir-
cuando dirige hacia la muerte a sus negros soldados,
no puede doblegar la espalda.

En un millar de parques de pequeñas ciudades de Nueva Inglaterra,
Las viejas iglesias blancas mantienen su aire
de dispersa, sincera rebelión; deshilachadas banderas
acolchan los cementerios del Gran Ejército de la República.

Las estatuas de piedra del abstracto Soldado de la Unión
se hacen cada vez más delgadas y jóvenes con el paso de los años-
con cintura de avispa, dormitan sobre mosquetones
y meditan a través de sus patillas...

El padre de Shaw no quería monumento alguno
más que la zanja,
donde el cuerpo de su hijo fue arrojado
y perdido junto con sus "negracos".

La zanja está más cerca.
Aquí no hay estatuas de la última guerra;
en la calle Boylston, un fotógrafo comercial
muestra la hirviente Hiroshima

sobre una caja fuerte Mosler, la "Roca de las Eras"
que sobrevivió la explosión. El espacio está más cerca.
Cuando me acuclillo ante mi televisión,
las desecadas faces de niños escolares Negros se elevan como globos.

El Coronel Shaw
cabalga sobre su burbuja,
espera
la bendita ruptura.

El Acuario ha desaparecido, por doquiera
gigantescos automóviles de grandes aletas avanzan como peces;
un salvaje servilismo
se desliza sobre grasa.


Robert Lowell en For the Union Dead, incluido en Antología (Visor Libros, Madrid, 2003, versión de Antonio Resines)

La iluminación de Robert Lowell pertenece a Blue Hydrangeas.



viernes, enero 16, 2009

Poemas, de Robert Lowell


“Padre del confesionalismo”, se etiquetó al poeta bostoniano. Robert Lowell en una toma de Paul Bishop, 1957.

Technorati Profile

- Los fragmentos de distintos poemas de Lowell que el blog K. postea pueden dar, como arte poética, una idea del diámetro de sus angustias.

1. “Formado en los clásicos cristianos y griegos, hijo de una madre amante de un psiquiatra que la convenció de que su hijo estaba loco, alcohólico irrecuperable, internado en más de veinte manicomios a lo largo de su vida, padre literario de obras desgarradoras como las de Silvia Plath y Anne Sexton, el norteamericano Robert Lowell cambió para siempre la poesía confesional en lengua inglesa”, dice un reportaje de Página /12 en la que se incluyen los poemas que el ciudadano K. postea debajo.

2. Lowell había nacido en Boston en 1917. Su familia era patricia y calvinista. En el árbol genealógico se destacaban algunos poetas.

3. “Muy joven, Lowell se convirtió al catolicismo. Y al escribir sus primeros versos sus referencias fueron tanto los testamentos como los griegos. Sus obsesiones serían, para siempre, la culpa, el castigo, el suicidio”, apunta.

4. Al estallar la Segunda Guerra se alistó en el ejército, pero al conocerse los bombardeos aliados a poblaciones civiles se hizo objetor de conciencia. “¿Cómo puede/ la guerra cambiar en mí/ el hombre antiguo en uno nuevo?”, escribió. Y citando a Melville: “Todas las guerras son de muchachos”.

5. La resistencia a combatir le acarreó una condena a un año y un día de prisión. Muchos atribuyeron su locura a este período de encierro.

6. La resonancia de su primer trabajo, Lord Weary’s Castle, acuñando lecturas de Tucídides y Toynbee, sacudió la mohosa poesía de su tiempo: “Chicos, la furiosa memoria se babea/ sobre la gloria de estanques pasados”. Y también: “Diez mil Fords están aquí ociosos en busca/ de una tradición”. Lowell planteaba: “Un poema es un acontecimiento, no su descripción”.

7. En una entrevista de The Paris Review declaró: “Cuando empecé a escribir muchos de los grandes escritores todavía no eran populares. No habían siquiera entrado en las universidades y su difusión era ínfima. Era el tiempo de Schöemberg, Picasso, Joyce, el primer Eliot. Entre nosotros los únicos que valían eran William Carlos Williams y Marianne Moore”.

8. Lowell adquirió repercusión crítica, ganó premios: el National Book Award, el Pulitzer. Su voz se volvió influyente. Padre del confesionalismo, se lo etiquetó.

9. Tuvo discípulas como Sylvia Plath y Anne Sexton, tanto o más temibles que él. Ninguna sería más afortunada que el maestro. “Una mañana, después de llevarle el desayuno a sus hijos, Plath metió la cabeza en el horno de la cocina. A Sexton, bellísima y borracha, con sus cócteles de psicofármacos, no le iría mejor. Las dos siguieron sus pisadas: la poesía como escritura autobiográfica”, dice.


Si tuviera un sueño sobre el infierno
(Fragmentos)

¿Me ayudarán ustedes a entender
lo que no tiene arreglo ni remedio,
en esta temporada de escritura poética
y de alivio
para mi depresión, que pasaremos juntos?

*

Durante mucho tiempo, empapado,
y a menudo tocando fondo
por el gran mar verde de los semáforos
que autorizaban nuestra navegación
encontré que mi fatiga era la luz del mundo.

*

Ciudad para matar, ciudad americana.

*

Tus libros son hileras de trajes vaciados.

*

Esa capacidad de corromper
que la poesía tiene, es la más genuina
voluntad de la voz, nunca perdida,
más llena de fantasmas, la voz que sobrevive
de forzar resistencias, descontrolada por la inspiración.
Desde tres adjetivos a un objeto
hay un salto imposible.

*

Nos obsesionamos tanto con la escritura.
Al fin lo conseguimos y así nos fue con ella.
¿Te despiertas acaso como yo, tan perplejo
encontrando los anteojos olvidados
dentro de uno de los zapatos?

*

Mis reseñas virginales eran en su momento
el equivalente verbal de los asesinatos.
Ahora son un montón chiquito,
compacto, tan viejo como yo.
Ellas se desintegran amarillas
y sus páginas rígidas
se hacen añicos como las hojas secas
escapando del árbol que les diera vida.
Estoy sin un amigo:
Veo de vez en cuando, en la noche cerrada,
brillar los faros de algún auto suicida
por la autopista y luego diluirse.
Mi vacío fantasmal ahora se me llena
con todos mis amigos agraviados
como tristes moscas familiares.

*

¿Acaso no es hipócrita pretender dar respuesta
a lo que no hemos sido capaces de escuchar?

*

Aunque escribo mis versos por la noche
soy muy poco sincero en mi discurso.

*

¿Merezco alguna consideración
por no haber intentado suicidarme?
Quizá lo que temía es que esa peregrina
decisión resultase fallida
sin darme cuenta de que practicando
es como se corrigen los errores.
¿Y del infierno, qué?

*

Si tuviera un sueño sobre el infierno
en esa pesadilla
me encontraría a mí mismo
embalando mi casa para mudarme,
con todos los demonios preguntando
eternamente impertinencias varias.

*

Lo que en realidad hice no fue mucho,
entonces, como ahora, fue muy poco.
Del fuego del infierno, en cambio,
no puedo apagar un simple fósforo.

*

Estoy ciego de ver.

*

Adiós, adiós a nada. Doy gracias,
muchas gracias.


La iluminación pertenece al sitio del fotógrafo G. Paul Bishop.